martes, 12 de julio de 2011

la casa de los muros altos (fragmento)

Ahí se encontraban los mismos hilos de seda con los que mi madre bordó las sábanas que extendía en el patio de la antigua casa de los muros altos, las telas volaban jubilosas con su falso olor a lavanda, al sacudirlas, rociaban de brisa oleosa a los arboles de estrellas moradas que escalaban año tras año la pared de la casa, las telas se colgaban flotando sobre los mecates tensos y podridos, eclipsando la pared chedron. Yo brincaba entre ellas con mi caballo verde inmóvil por el plástico, juntos mirábamos a través del remate bordado de la sábana blanca, para ver el naranja fluorescente de las mandarinas y las guayabas rosadas, justo ahí todo comenzaba a mezclarse, el olor de las sábanas, con el zumo de la cáscara de mandarina y el dulzor de la guayaba, recargados en la pared chedron y abrazados de las bugambilias, también dábamos vueltas recorriendo el patio sobre las húmedas baldosas de barro, hasta que subíamos a descansar en el más alto y último ciruelo entonces, esperábamos que el atardecer sonrojara los muros.

Ahí se metía el sol, cerca de la ventana donde mi madre miraba una cajita repleta de postales y se echaba en la mecedora con los ropones empapados descansando y mirando recuerdos con la misma saudade que yo miro los hilos de seda de las sábanas bordadas.